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| CAMERINA ROMERO |
El vestido verde aceitunado
Fuertes
brisas chocaron en su rostro pálido ya desfigurado. Pasaban inviernos felices y
deprimentes, mientras regresaba la primavera que la consolaba. Los años de Camerina han pasado sin que ella
tome nota en el tiempo, sin dejarla regresar a la historia.
Su rostro es el
espejo que refleja las aventuras no deseadas, que ya fueron olvidadas para
jamás ser recordadas.
Pocas vibras merodeaban
su hogar, cuando Camerina se puso el vestido
verde aceitunado hecho por su madre. Aquel vestido cargaba las
esperanzas de su padre, la felicidad de su madre y las ataduras de su pueblo.
Vendrían 8 manzanas que no debía descuidar y la carga moral del poder que tenía
el vestido.
La actitud y las
ganas de aferrarse a su martirio la mantuvieron de pie. Ella sabia y aceptaba ese cuidado y esa carga
moral, porque fue su suerte para muchos, para otros su sostén y para la nada
una carga que solo Camerina pudo dejar en los campos.
El campo fue su mejor amigo, el único que la
acompañaba luciendo su vestido no querido… pero la carga de tristeza inundó su mente,
y la nubló esa tarde seca.
Cada vez que el viento le hablaba mataba sus
minutos de concentración y acortaba su
existencia. Debió haber sido el rechazo del conjunto familiar, la traición de
los amigos o la apuñalada que recibía del viento. Entonces usó zapatillas para que la hicieran crecer y mirar
desde más altura al piso.
Camerina se miro al
espejo y tuvo dos opciones. La primera era seguir luciendo el vestido verde
aceitunado tan ajustado a su cuerpo que le hacía lucir rígida y sin alma o, la
segunda opción, desabotonar el vestido para poder procesar el aire de su alrededor aunque eso implicaría un gran disgusto para
muchos y el escándalo más temido.
Se sacudió el cabello
y se paró frente al espejo y lentamente desabotonó su vestido, salieron
lágrimas de sus ojos y risas de sus labios.
Esa tarde fue
ruidosa, fue larga, fue invisible y los minutos fueron segundos. Pero la magia
de sus zapatillas fue rápida y tan escandalosa que muchos lo notaron y ya veían
venir el caos. Muy segura, como una
guerrera vikinga, con el rostro sin
expresión, como la mona lisa, sus piernas preparadas para correr como una loba
que defiende a su manada y sus manos sujetando ocho manzanas que hacían un
lindo contraste con su vestido: así escapó del pueblo que la vio nacer .