domingo, 3 de marzo de 2013

CAMERINA ROMERO 

El vestido verde aceitunado


Fuertes brisas chocaron  en su rostro pálido  ya desfigurado. Pasaban inviernos felices y deprimentes, mientras regresaba la primavera que la consolaba.  Los años de Camerina han pasado sin que ella tome nota en el tiempo, sin dejarla regresar a la historia.
Su rostro es el espejo que refleja las aventuras no deseadas, que ya fueron olvidadas para jamás ser recordadas.
Pocas vibras merodeaban su hogar, cuando Camerina se  puso el  vestido  verde aceitunado hecho por su madre. Aquel vestido cargaba las esperanzas de su padre, la felicidad de su madre y las ataduras de su pueblo. Vendrían 8 manzanas que no debía descuidar y la carga moral del poder que tenía el vestido.
La actitud y las ganas de aferrarse a su martirio la mantuvieron de pie. Ella  sabia y aceptaba ese cuidado y esa carga moral, porque fue su suerte para muchos, para otros su sostén y para la nada una carga que solo Camerina pudo dejar en los campos.
El  campo fue su mejor amigo, el único que la acompañaba luciendo su vestido no querido… pero la carga de tristeza inundó su mente, y la nubló esa tarde seca.
 Cada vez que el viento le hablaba mataba sus minutos de concentración  y acortaba su existencia. Debió haber sido el rechazo del conjunto familiar, la traición de los amigos o la apuñalada que recibía del viento. Entonces usó  zapatillas para que la hicieran crecer y mirar desde más altura al piso.
Camerina se miro al espejo y tuvo dos opciones. La primera era seguir luciendo el vestido verde aceitunado tan ajustado a su cuerpo que le hacía lucir rígida y sin alma o, la segunda opción, desabotonar el vestido  para poder procesar el aire de su alrededor  aunque eso implicaría un gran disgusto para muchos y el escándalo más temido.
Se sacudió el cabello y se paró frente al espejo y lentamente desabotonó su vestido, salieron lágrimas de sus ojos y risas de sus labios.
Esa tarde fue ruidosa, fue larga, fue invisible y los minutos fueron segundos. Pero la magia de sus zapatillas fue rápida y tan escandalosa que muchos lo notaron y ya veían venir el caos. Muy  segura, como una guerrera vikinga, con  el rostro sin expresión, como la mona lisa, sus piernas preparadas para correr como una loba que defiende a su manada y sus manos sujetando ocho manzanas que hacían un lindo contraste con su vestido: así escapó del pueblo que la vio nacer .